• 30 noviembre, 2020

El drama de La Salada: más de un millón de personas sin ingreso

La mayor feria de Sudamérica está paralizada desde el 18 de marzo. Historias mínimas, problemas grandes.

Antes de la cuarentena, un día de trabajo normal concentra a medio millón de personas, que concurren a la Feria de La Salada: clientes, comerciantes, fabricantes, carreros, remiseros, cuentapropistas. En total, 1.200.000 personas -familias en realidad- que dependen de este lugar.

Entre 300 y 500 mil personas van a la feria un día de actividad cualquiera.

Desde el 18 de marzo, con la disposición del aislamiento, la feria está cerrada, y la gente desesperada. Si bien aceptan que la cuarentena es necesaria (e intentan respetarla), lo cierto es que la vida sigue. Y, ahora, con mayores aprietos.

Hay 1.400 carreros, que llevan y traen mercadería

Víctor es uno de los 1.400 carreros que hay en La Salada. Son quienes llevan la mercadería en carros desde el comercio hasta el vehículo del comprador. “Vivimos de la mercadería que nos da el Gobierno. Acá está muy difícil. Tenemos compañeros que salieron a buscar cartón para alimentar a su familia, pero la cosa está jodida”.

“La gente ya no pide trabajo, ahora pide para comer”, manifiesta Walter Godoy, sec. gral. del sindicato de feriantes.

En el mismo sentido se expresa Cirilo, que es remisero y que vive de los viajes que la feria le proporciona. Casi todos desde y hacia Puente La Noria. Tiene 4 hijos y paga 7 mil pesos de alquiler. O pagaba. Ahora depende de los comedores para llevar el plato de comida a su casa. “No me siento cómodo con eso porque soy un laburante que toda la vida trabajó para sostener a su familia. Necesitamos que esto cambie urgente”.

Una de las propuestas que las autoridades de la feria y el sindicato de Feriantes van a proponerle a las autoridades es trabajar en días alternados o pasillo de por medio. Intentar espaciar al máximo una geografía que suele estar abarrotada de gente. El líder del sindicato, Walter Godoy, repasa historias de feriantes y -con lágrimas en los ojos- se lamenta porque estaba a punto de ser recibido por el presidente para intentar normalizar una actividad que no siempre está normalizada. “La gente pide para comer, ya no nos piden trabajo, hoy la primera necesidad es comer”.

Postales de otro tiempo: los puestos concurridos y con ropa para vender.

José es quien está a cargo de Urkupiña, uno de los predios más grandes cuyo dueño -Quique Antequera- está con prisión domiciliaria. Y a él le llegan los principales reclamos económicos: medicamentos, colchones, una casa que se incendió y -sobre todo- comida. Estar a su lado es ver cómo y cuánto se acercan decenas de personas (compañeros de trabajo) para susurrarle que no tienen para comer o pagar cuentas o remedios para sus hijos.
-José, ¿Qué siente cuando se acercan sus compañeros con esas necesidades?
-¿Vos qué sentirías?
-Me quiero morir solo de verlo.
-Yo también me quiero morir.

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