• 26 septiembre, 2020

Guernica: Tras la orden de desalojo, el drama de las tomas por dentro

98 hectáres de descampado. 2500 familias que allí se instalaron en condiciones imposibles con el objetivo de asentarse y comenzar una vida bajo un techo propio. La Justicia ordenó desalojarlos, y estas son algunas de sus historias.

A 60 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, dentro del partido de Presidente Perón, está Guernica. Y allí, en un descampado de 98 hectáreas, se asentaron 2.500 familias, que tomaron terrenos en busca de un techo propio, en busca de resolver un problema que no parece tener solución inmediata: el acceso a la vivienda digna. La Justicia ordenó desalojarlos, y eso puede ocurrir en cualquier momento. Desde algunos medios los lapidan: los tratan de delincuentes y proponen cortarles el acceso a la comida, como si no se tratara de seres humanos en busca de condiciones de vida un poquito mejores.

Esther quedó viuda hace 7 meses y está en la toma junto a sus 4 hijos.

Para acceder al predio hay que atravesar un barrio de casas bajas. A todas luces son predios terrenos con anterioridad. Una de las vecinas de Villa Numancia -así se llama el barrio- lo confirma: “Guernica está todo construido en base a terrenos tomados. Como ves, nosotros levantamos nuestra casita con el esfuerzo de nuestras manos”.

Al llegar al predio la imagen es desoladora: niños juegan en el barro e intentan ayudar a sus padres a atajar los palos y los nylon clavados para que no se vuelen. Los terrenos están demarcados y cada vecino tiene el suyo. Dentro de ese terreno se vive como se puede: desde el 20 de julio (cuando comenzó la toma) Gonzalo y su pareja viven en una carpa iglú en la que solo caben dos colchones raídos; Brandon levantó dos palos y colgó una lona de pileta Pelopincho para protegerse del frío (aunque no lo logra), Sergio, su mujer y sus tres hijos lograron levantar algunas chapas; Mirtha, su marido y su hija de 13 años conviven en una pieza de maderas mojadas. A unos metros levantaron una carpa a la que llaman cocina y un poco más lejos y a diez pasos levantaron dos palos y un nylon al que llaman baño.

Sergio está con su mujer y sus tres hijos. El más chiquito cumplió 1 año en la toma.

Las historias se repiten: todos aseguran que tenían trabajo y que lo perdieron a causa de la pandemia; todos dicen que pagan un alquiler en otro lado y que no podrán hacerlo más. Todos juran que se corrió la voz en el barrio y alrededores para tomar esos inmensos terrenos que -al parecer- no eran de nadie. Lo único comprobado es que una parte del suelo (detrás de un arroyo) pertenece al country del Club San Cirano. Por el resto de la tierra se presentaron muchas personas a reclamar la propiedad, pero ninguna pudo acreditar ser el dueño legal de esas tierras. La Justicia, de todos modos, ya dispuso que las familias deberàn abandonar el lugar.

Esther quedó viuda hace 7 meses. Su marido era el sostén de hogar y ella quedó sola con 4 hijos. La mayor tiene 12 y el menor tiene 4. Esther es costurera y no trabaja desde el comienzo de la pandemia. Con ayuda de los vecinos levantó una casilla donde se amontonan las poquitas cosas que tiene. Señala a su hijo Joel, de 8 años, y dice: “Es mi compañero. Junta latitas y las vende para tener algo para comer”. También asegura que comen gracias a las ollas populares que organizan los vecinos y que ha llegado a estar 3 días sin probar bocado. Su prioridad es otra: “Si mis hijos comen yo ya estoy llena”.

Mirtha vive junto a su marido y su hija en esa casilla de chapa.

En todos los casos el piso es barro. Con sol, con lluvia, no importa: el piso es tierra mojada que se clava en la espalda como una lanza contaminada. Todos duermen sobre ese piso húmedo. Todos pasan frío. Todos tienen la esperanza de que les permitan quedarse. “Si me dieran la posiblidad de pagar por esta tierra y nos facilitaran cuotas lo pagamos contentos”, dice Sergio. En su casa paterna no había lugar para su familia, sus 14 hermanos y las familias de sus hermanos.

Desde la orden de desalojo el clima cambió, pero la camadería sigue intacta. Los vecinos del Barrio 20 de Julio (así lo bautizaron en honor a la fecha en que comenzó la toma) esperan cada vez con menos esperanzas de poder quedarse. Están asesorados por abogados de distintas organizaciones sociales, y -en mayor o menor medida- todos comparten las palabras de Esther: “Si nos echan nos tendremos que ir a la calle, a la vereda”.

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