• 26 septiembre, 2020

Gaby Machel y la infinita búsqueda de agregarle valor a las frutas de Misiones

Nacida en Montecarlo, Misiones, esta emprendedora aprovechó las altas temperaturas de su provincia y se refugió en el mango, una fruta que abunda en aquellos lares, y desarrolló un producto especial: el chutney. Somos Arraigo, como siempre, nos trae historias del Interior.

En las vacaciones de verano de 2007, Gaby Machel se vio en una encrucijada: recién separada de su ex marido, pasaría con sus tres hijos parte de diciembre, enero y febrero en la casa de sus padres en Montecarlo, su pueblo natal. Con temperaturas que superan los 40 grados, ella sabía que no podía ir todos los días a hacer picnics al río Paraná porque corrían riesgo de insolarse o cansarse de la rutina. Debía encontrar actividades para los chicos y pensar una salida laboral para afrontar los cambios de su nueva vida. “Desde chiquita soy muy inquieta y me aburro fácil. Me abrumaba pensar que pasaría tanto tiempo sin actividad, entonces me pregunté ¿Qué puedo hacer en verano en Misiones ? Se me vinieron a la cabeza los mangos, la fruta que abunda en toda la provincia, que de tantos se echan a perder. Me dije a mi misma: me pongo a manguear y hago productos con mango”, dice Gaby.

Para los misioneros, el mango, el ananá y el mamón son emblemas. Hasta hay un dicho que dice “chupá mango”. El pensamiento de Gaby fue lógico. Comenzó a buscar recetas que usaran mango y encontró el chutney: en ese momento, ese aderezo agridulce originario de la India era una novedad en nuestro país, que ni por asomo existía en el mercado de productos gourmet. Su visión de paisajista la ayudó a planear el proyecto. Agregarle valor a la materia prima y producirla en origen para evitar el traslado de las frutas, conservar el sabor y cuidar el medio ambiente: esas fueron y son las bases fundamentales del emprendimiento.

Además de capacitarse para la temporada de verano, debía refaccionar la cocina de sus padres para usarla como espacio de producción. Aprovechó el receso escolar de sus hijos para viajar a Montecarlo y contarles su idea. Primero le dijeron que la cocina estaba perfecta, pero Gaby los entusiasmó y les dijo que quedaría preciosa y más amplia. Con su madre fueron al corralón y eligieron los mosaicos para el piso, los azulejos para las paredes, la grifería, el bajo mesada y cada detalle para que la cocina luciera como un set de un programa de TV. De cuatro por por cuatro pasó a medir cuatro por ocho, quedó tan grande que para la navidad de 2007 todos los parientes cenaron en la cocina.

“Hacer comida es una gran responsabilidad. Siempre aposté a mi idea. Me convertí en una obsesiva y cuidadosa. Mi vida la repartía entre mi casa en La Lucila (Vicente López) y Montecarlo. Cada tres semanas hacía 1200 kilómetros para producir y cuando regresaba me anotaba en capacitaciones virtuales de buenas prácticas, ISO y otras tantas. En ese momento no sabía ni usar la computadora, mis hijos me enseñaron. Aún trabajaba como paisajista y dictaba talleres de orquídeas y también hacía edredones, los cursos los hacía a la noche, cuando llegaba a casa luego de largas jornadas”, cuenta.

Antes de empezar a producir a mayor escala, llamó a una diseñadora para que pensara un nombre para su emprendimiento. La diseñadora la llamó y le dijo que el mejor nombre para su proyecto era: Gaby Machel. Entonces Gaby registró su propio nombre y apellido y así, en 2007, nació su pyme.

Ella sabía que el packaging era fundamental. La etiqueta las imprimió en papel italiano rugoso, simple pero con un estilo muy marcado. Trece años después ofrece dieciocho productos artesanales sin conservantes ni aditivos. “Dieciocho hijos”, como los llama Gaby. Su línea de productos favorita es “Pasión dorada”, la mezcla de mango y maracuyá.

“Para no usar agregados químicos trabajo con los pHs de las frutas naturales. Entonces mezclo el mango que es alcalino y le agrego limón o maracuyá. Todas esas combinaciones las aprendí en diferentes capacitaciones. Siempre pensé tener la fábrica cerca del lugar de origen de la materia prima. Por eso la producción continúa en Montecarlo, porque la fruta mantiene la calidad de origen. También quise que la producción fuera sustentable y respetando la naturaleza. Tenemos que ser conscientes y cuidar el único planeta que tenemos. Somos lo que comemos. Una de las cosas que más me gusta es cuando le contás a un cliente lo que está comiendo y gracias a ese sabor, se traslada a mi tierra misionera, se me pone la piel de gallina”, dice.

Gaby aprendió a cocinar y a ser autosuficiente mirando a sus abuelos. Ellos hacían la ricota y la manteca caseras, en la chacra tenían perales que los usaban para hacer mermeladas de peras. La primera vez que cocinó un panqueque fue con su abuelo: ensuciaron toda la cocina. Abuelo y nieta disfrutaban de esos instantes como si se trataran de un juego.

La vida de Gaby podría ser el guión de una película. La contó delante de cientos en una charla TEDx, una organización dedicada a difundir historias motivadoras. De chica se crió jugando entre la humedad y el calor de la tierra colorada de Montecarlo. Su papá era camionero y ella lo acompañaba en sus viajes interminables a 60 kilómetros por hora por la ruta 14, que en ese entonces era de tierra. Tardaban una semana en llegar a Buenos Aires y una semana para regresar. De los amigos de ruta de su padre, que eran de distintos pueblos o países, conoció diferentes comidas y sabores típicos de cada lugar.

Cuando terminó la secundaria, sabía que si no se iba de Montecarlo, como todas las mujeres de esa época, terminaría siendo maestra. Se enteró que en el Hospital Alemán daban becas a quienes quisieran estudiar enfermería, entonces decidió viajar a Buenos Aires e inscribirse en la carrera. Se recibió y durante cinco años trabajó de enfermera hasta que planeó, con su entonces pareja, un viaje en velero hasta Australia. El sueño de navegar terminó en Rio Grande do Sul, en donde decidieron continuar la aventura en moto. Recorrieron 25 mil kilómetros. “En ese viaje crecí y pude conocer la cocina de Brasil”, dice. Luego del viaje, como para alimentar la secuencia cinematográfica de su vida, fue enfermera de un Conde prusiano. Y tras un accidente, decidió estudiar paisajismo.

Como en Montecarlo no había plantaciones de maracuyá, Gaby consiguió semillas y comenzó a plantar y además incentivó a sus vecinos a que plantaran y que se convirtieran en productores de esa fruta. A los cuatro años, por el aumento de la demanda dejó la cocina de su mamá, pidió un subsidio al gobierno para ampliarse y construyó la fábrica.

“Estuve en todas las ferias internacionales, desde Manhattan hasta París y Seúl; a las que no fui, viajó el producto. Mis chutney se pueden conseguir en casi todo el país, a los emprendedores les aconsejo que se animen, que se permitan crear y sacar lo que llevan adentro”, dice.

Para Gaby detrás de cada producto hay mucha pasión y un desafío inmenso. A ella le encanta despertar paladares e innovar sabores diferentes: “En los aromas de la cocina viajo a mi infancia”.

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